© 2019 por Antonia Portalo Sánchez

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pereza

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El más tentador de los siete pecados capitales es la pereza. Es el menos evidente, pero el más terrible.

 

El sentimiento de autocompasión y de lastima por uno mismo permite la pobreza y la injusticia, y no hacemos nada por evitarlo.


Consiste en la aversión a realizar un esfuerzo. Ser laboriosos y trabajar nos ayuda a vivir, sin embargo algunos filósofos como Diógenes, defendía las virtudes de la pereza. Criticaba el apego a las posesiones; para qué trabajar, para qué acumular posesiones, si no nos la podemos llevar cuando moramos. Había que aprovechar el momento y vivir con sencillez.


Curiosamente 300 años más tarde Jesús predicó algo parecido: "mirad los pájaros del cielo que ni siembran ni recogen y sin embargo  mi padre les da de comer".

La apatía y la indolencia son características de la pereza. La melancolía o tristeza  es otra manera  de pereza,  es una actitud muy destructiva que se contagia fácilmente.


Cuando nos desesperamos, nos deprimimos,  esta depresión puede llevar al suicidio, estamos rechazando la vida que Dios ha elegido para nosotros, y eso es un pecado mortal.


Hipócrates ya  reconoció que era una enfermedad, la de la melancolía, con tendencia al suicidio.


El peor de los pecados es cometer un asesinato.  Somos tan responsables de nuestra vida como de la de los demás. Estamos aquí para cumplir una misión,  cada ser humano es único y cuando alguien se suicida priva al mundo de algo especial.


Este pecado no tiene perdón, los suicidas no se entierran en campo santo, van directamente al infierno.

La forma más simple de pereza  es dejar las cosas para más tarde.
La incertidumbre va ligada a la apatía, y el perfeccionismo y la inseguridad también  conducen  a esta.

@ Antonia Portalo Sánchez

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