• antoniaportalo

Tu nombre

—Mi nombre es Antonia, Antonia Sánchez Merino, Martín Portalo, Pavo Pavo…, Rebollo Mellado—respondí a la simpática mujer que acababa de preguntarme. Ella increíblemente repitió conmigo los dos últimos de mis apellidos sorprendiéndome. ¡Quién se lo habrá contado!

 Yo no sé quién era, no la conocía de nada. Atravesó la puerta de la alambrada entrando en el  jardín donde me encontraba en ese preciso momento. Lo cierto es que no recuerdo cómo aparecí allí. Alguna vaga imagen de una cuidadora tomándome de su mano se filtra por un instante en mi mente, pero apenas dura nada, se desintegra de repente y yo me siento de nuevo sola y perdida. Aquel lugar me es extraño, no es mi escuela, tampoco mi casa, ni mi pueblo… No sé dónde estoy.

¿Por qué no habrá venido mi madre a recogerme? La espero a todas horas, pero debe estar ocupada, pues no llega. A lo mejor es que es ella la que me espera en la casa, tengo que ir... Pero yo no sé regresar. No recuerdo el camino. Debí dejar miguitas de pan por el sendero como Pulgarcito en el cuento que ella me contó ayer... ¿O tal vez fue otro día?

Aquella extraña mujer se me acerca y me toma de la mano. Yo solo quiero pasear…, andar y andar hasta llegar a mi casa. 

—Llévame con ella —le digo—, quiero estar allí con mis hermanas. 

Entonces, como si hubiera obedecido paseamos por él, sé que es mi pueblo, reconozco algunas de sus calles. Andamos y andamos y yo sonrío pues por fin me siento en un lugar conocido, y aunque por momentos lo olvido, imagino que algún estímulo me hace regresar de nuevo. Ese es mi pueblo, sí, siempre lo ha sido, no sé por qué siento la necesidad constante de comprobarlo. Sus casas blancas encaladas aparecen a cada lado de las calles cubiertas por un cielo azul intenso. Un cielo de verano. Yo quiero saltar y jugar, correr con mis amigas por "el Lejio", iremos a roar a la lancha Lizaera como hacemos todos los días al salir de la escuela.

 De pronto entristezco, de nuevo la sensación de andar perdida...He olvidado si hoy estuve en la escuela. Seguro que sí, nunca me la pierdo, pero algo extraño me pasa que me aturulla, mi cabeza se nubla y las vivencias se convierten en divagaciones confusas.

 Me encanta estudiar, cuando sea mayor seré maestra. Enseñaré a los niños todo lo que ellos quieran aprender. Mientras tanto, me empaparé de las lecciones cantadas que tan bien entona doña Librada.

Llegamos a la plaza, lo sé porque allí está la iglesia y la casa de mi tío Benito. Sin embargo, aunque yo quiero, no me deja acercarme a visitarlo, allí estarán también mis primos, quiero verlos, y no comprendo por qué no consigo llegar hasta ellos. Al pasar cerca de la casa me ha parecido que la fachada había envejecido de golpe, como si el paso del tiempo la hubiese deteriorado. Hace tiempo que me cuesta entender las cosas, pero no importa, pronto lo olvido y busco un siguiente estímulo que me haga recordar.

Nos sentamos en una mesa, dice que es una terraza de un bar, a tomar un café con leche y una perrunilla, bueno, para mí pide un descafeinado…, quizá hubiera preferido un chocolate. Me mira intensamente y yo le sonrío. En su mirada siento que algo profundo nos une, no sé explicarme y continúo sin saberlo, pero ese brillo es especial, estoy convencida.

Quiero levantarme ya, estoy cansada de permanecer inmóvil, necesito andar, tal vez correr... Llegar a mi lugar. Pero ella parece que no lo comparte, aún quiere retenerme, y menos mal que ha sacado un libro y se ha puesto a leer una historia, quizá me conozca un poco, pues ha dado con una de las claves para entretenerme. Me encanta leer cuentos y poesías.

Absorta por minutos en la escucha de su lectura me dejó llevar... O tal vez me pongo a vivir.


Antonia Portalo

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